El granuloma facial es una dermatosis inflamatoria
crónica, bastante misteriosa y de manejo a menudo frustrante, que se presenta
como pápulas, placas o nódulos, solitarios o múltiples, eritemato-marronosos o
violáceos, de tamaño variable, habitualmente de localización facial. Claro que
también existen casos extrafaciales. Esto, junto a que no vemos granulomas por
ningún sitio, hace que el nombre haya sido escogido con cierta mala idea.
Su incidencia exacta se desconoce, pero sí que
podemos afirmar que es una condición rara, que suele presentarse en adultos de
mediana edad (edad media, 53 años), con predominio masculino (en una serie
francesa de 66 pacientes, 41 eran hombres).
Como os podéis imaginar, la patogenia no está del
todo dilucidada. Ya hemos adelantado que no hay granulomas, pero la vasculitis
es un hallazgo frecuente, lo que sugiere que podría tratarse de una forma
localizada de vasculitis cutánea de pequeño vaso. Se han descrito depósitos de
inmunoglobulinas y complemento en la pared vascular. Además, parece que la IL-5
juega un papel en el reclutamiento de eosinófilos y algunos autores lo relacionan
con la fotoexposición o con un fenómeno tipo Arthus localizado.
| Sylvia, antes de realizar la biopsia |
Hemos dicho que es difícil de sospechar, pero algunos hallazgos
clínicos nos pueden poner sobre la pista:
Primero, la morfología. La presentación más común es como
una pápula, placa o nódulo de color eritemato-marronoso o violáceo, en la cara
(frente, mejillas y nariz), de tamaño variable (desde varios milímetros a
centímetros), de superficie lisa, con orificios foliculares prominentes y
telangiectasias. Pero no es tan raro que las lesiones sean múltiples o incluso
de localización extrafacial. En el estudio francés, el 38% de los pacientes
tenían varias lesiones y un 6% afectación extrafacial exclusiva. Las lesiones son
asintomáticas (aunque a veces pueden picar), la ulceración es muy rara y
tienden a persistir en el tiempo, siendo la resolución espontánea poco
frecuente. Hay variantes clínicas descritas, como la rinofimatosa o la
queloidea.
La clínica puede orientar, pero poco más. El hecho de que sólo
el 15% de los casos se sospechen antes de realizar la biopsia deja claro que no
es tan sencillo. Y es que el diagnóstico diferencial incluye medio
Bolognia: sarcoidosis cutánea (lupus pernio), lupus cutáneo, linfomas, pseudolinfomas,
leishmania, rosácea granulomatosa, eritema elevatum diutinum, e incluso
patología tumoral en algunos casos.
Por eso será el patólogo quien nos saque las castañas del
fuego, siendo la biopsia necesaria para llegar al diagnóstico, por mucho
ojo clínico que tengamos. Los hallazgos típicos incluyen un infiltrado dérmico
polimorfo (neutrófilos, eosinófilos, células plasmáticas, linfocitos), una zona
Grenz (esa fina banda de dermis papilar respetada que separa la dermis del
infiltrado), un daño vascular (a veces con vasculitis leucocitoclástica,
extravasación de hematíes, hemosiderina) y fibrosis dérmica progresiva. ¿Hemos
dicho “granulomas”? No, no hay granulomas en ningún sitio, salvo en el nombre
de la entidad.
La dermatoscopia no es diagnóstica, pero puede ayudarnos
a reforzar la sospecha clínica y a perfilar el diagnóstico diferencial, siendo
los hallazgos descritos bastante coherentes con lo que vemos al microscopio:
forno rosado-violáceo (inflamación dérmica), vasos ramificados (componente
vascular), orificios foliculares prominentes, áreas blanquecinas o grisáceas
(fibrosis) y puntos o áreas marrón-amarillentas (hemosiderina).
| Imagen dermatoscópica de la lesión de mayor tamaño |
Si ya de por sí es una entidad rara, hay bastantes casos
descritos de coexistencia de granuloma facial con otra entidad llamada fibrosis
eosinofílica angiocéntrica, que afecta mucosas del tracto rinosinusal y
vías respiratorias altas, pudiendo producir epistaxis, dificultad respiratoria,
lagrimeo y proptosis. Más anecdótica es su asociación con artritis reumatoide o
síndrome de Sjögren.
Pero el gran problema del granuloma facial no es el diagnóstico,
sino el tratamiento. La ausencia de respuesta a los diferentes
tratamientos es más la norma que la excepción, sin que tampoco exista un
tratamiento estándar y, por supuesto, ninguno con esa indicación en su ficha técnica.
En base a lo publicado en la literatura, la primera línea de
tratamiento es el tacrolimus tópico al 0,1%. Si responde, lo hará
lentamente, en 2-6 meses, pero se tolera bien y tiene un excelente perfil de
seguridad. Como alternativas, los corticoides (cuidado con los potentes
en la cara), los corticoides intralesionales o la crioterapia (estos dos últimos
con más riesgos).
La segunda línea de tratamiento son las sulfonas
(dapsona 50-150 mg/d) o el láser de colorante pulsado (especialmente útil en el
componente vascular).
Y por último entramos en el terreno de los “case report”,
tratamientos con poca evidencia, pero con resultados en algunos pacientes, como
la dapsona tópica, el rituximab intralesional, ruxolitinib tópico, antipalúdicos,
colchicina y un largo etcétera en el que no entraremos. Pueden funcionar, o no…
El curso, por tanto, es crónico (años o décadas), con
resolución espontánea reportada en menos del 10% de los pacientes, con
recurrencias frecuentes al suspender los tratamientos (50-60%), pero sin riesgo
de malignización ni de otros problemas, siendo más un problema estético y, en muchos
casos, psicológico.
En el caso de Sylvia se confirmó el diagnóstico mediante
biopsia y actualmente está en tratamiento con tacrolimus, siendo aún pronto
para esperar ninguna respuesta.
Hoy nos despedimos sin vídeo final, pero con la promesa de cambios
en el blog que seguro que no os dejarán indiferentes. Sí que quiero finalizar agradeciendo a Bernat Mas, flamante dermatólogo y ya ex-residente, su aportación con este interesante caso clínico y deseándole lo mejor en esta nueva etapa.
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