A estas alturas ya habréis adivinado que las tremendas
lesiones de Albert, nuestro joven “capataz” de 10 años quien, bajo el sol
implacable a mediodía, decidió fabricar una especie de cemento a base de
machacar ramas y hojas de higuera, se trataban de un caso de manual de fitofotodermatitis,
entidad de la que ya hablamos hace más de 10 años (y que podéis repasar en este
enlace). Hoy vamos a aprovechar dos interesantes artículos (D. Sasseville y C.Grosu) para ponernos al día en este cuadro clínico tan frecuente en los meses
de primavera y verano y entender por qué las plantas y el sol pueden, en
ocasiones, convertirse en una peligrosa combinación para nuestra piel.
Lo primero que debemos recordar es que la fitofotodermatitis
no es una reacción alérgica. Por tanto, no requiere una sensibilización
previa del sistema inmunológico. Eso implica que le puede ocurrir a cualquier
persona expuesta a la cantidad suficiente de sustancia química vegetal y
radiación ultravioleta. Es, por tanto, una reacción fototóxica provocada por el
contacto en la piel de compuestos químicos de determinadas plantas, los cuales
se activan al absorber los fotones de la luz solar. A nivel evolutivo, estas
sustancias funcionan en el reino vegetal como un mecanismo de defensa químico
contra microorganismos, patógenos y herbívoros y así, nuestra piel sufre el
mismo daño celular que la planta reserva para sus enemigos naturales.
| Aspecto de las lesiones en la primera visita |
Estos agentes fototóxicos son las furocumarinas (o
psoralenos), unos compuestos orgánicos que penetran en las células epidérmicas.
Cuando la radiación ultravioleta de tipo A (320 a 380 nm) incide sobre la piel,
activa estos compuestos. Al absorber la energía de los fotones, las
furocumarinas entran en un estado excitado altamente reactivo que desencadena
dos tipos de respuestas celulares destructivas:
- Respuesta fototóxica tipo I (independiente del oxígeno). Las furocumarinas fotoactivadas se unen covalentemente a las bases pirimidínicas del ADN nuclear, produciendo una reacción que daña de manera directa el material genético de los queratinocitos. Como consecuencia, se bloquea la replicación y transcripción del ADN, conduciendo irremediablemente a la disfunción y muerte celular.
- Respuesta fototóxica tipo II (dependiente del oxígeno). Paralelamente, el compuesto excitado transfiere su energía directamente al oxígeno molecular, catalizando la formación masiva de especies reactivas de oxígeno (ROS), que atacan las membranas celulares mediante peroxidación lipídica, alterando la integridad estructural de las células y de los desomosomas, además de causar la oxidación de proteínas esenciales para la supervivencia celular.
Este proceso no es visible de inmediato. En las primeras
horas tras la exposición solar se produce una vacuolización periférica de los
queratinocitos sin que se aprecien lesiones clínicas, pero transcurridas 24
horas la necrosis celular epidérmica se hace evidente y a las 48 horas la
destrucción de los desomosomas (el “cemento” que une a los queratinocitos) y la
muerte de estos, culminan en una apoptosis masiva, con la formación de
ampollas, eritema y un intenso dolor.
Aunque el caso de Albert fue provocado por la higuera (Ficus
carica), perteneciente a la familia de las Moraceae (y el principal
sospechoso en nuestro medio mediterráneo), existen múltiples familias y
especies botánicas distribuidas por todo el mundo con el mismo potencial
fototóxico. Es importante tener unos mínimos conocimientos de botánica para
poder diagnosticar estos casos correctamente y realizar una anamnesis dirigida
que nos lleve al diagnóstico.
Para facilitar su consulta en la práctica clínica diaria os
dejo a continuación una tabla-resumen con las principales familias y especies
causantes de fitofotodermatitis.
![]() |
| Principales plantas implicadas en fitofotodermatitis |
Ya tenemos clara la patogenia y qué plantas pueden producir
este problema. Pero, ¿cómo es el cuadro clínico? Afortunadamente la
presentación clínica de las fitofotodermatitis sigue una cronología bastante
reproducible que nos va a ayudar a diferenciarla de otros problemas cutáneos.
Tenemos, en primer lugar, la fase aguda (24-48 horas tras la
exposición), en la que aparecen máculas o placas eritematosas con una intensa
sensación de ardor, quemazón y dolor, casi más que prurito, que rápidamente
progresarán hacia la formación de vesículas y ampollas tensas llenas de líquido
seroso. Lo más característico es la morfología de las lesiones, que sigue unas
formas lineales, dibujando el roce con las hojas o el goteo del líquido sobre
la piel expuesta. Las zonas expuestas (manos, antebrazos o piernas) son las
localizaciones habituales.
| 24 horas más tarde |
Tras la curación de las lesiones (semanas o meses más tarde)
tenemos la fase hiperpigmentada residual. Esta hiperpigmentación
postinflamatoria puede persistir durante meses, o incluso uno o dos años.
El diagnóstico es fundamentalmente clínico y se basa
en una anamnesis meticulosa a partir de la sospecha por la morfología de las
lesiones, que claramente hacen sospechar un origen exógeno. Sin embargo,
deberemos establecer el diagnóstico diferencial con otros trastornos. El más
relevante es el de quemaduras intencionadas incluso en el contexto de maltrato
infantil (de ahí la importancia de conocer este cuadro clínico). Pero las
plantas pueden ocasionar lesiones en la piel por otros mecanismos: la hiedra
venenosa o plantas de la familia Asteraceae pueden provocar una dermatitis
de contacto alérgica (hipersensibilidad tipo IV mediada por linfocitos T) con
un picor insoportable como síntoma principal, que no precisa de la luz para
activarse. Por otra parte, los cristales de oxalato cálcico de la salvia de las
difenbaquias pueden producir una dermatitis de contacto irritativa primaria,
por daño químico directo a inmediato que provoca un eritema casi instantáneo y
sin necesidad de fotoexposición.
No suelen ser necesarias otras exploraciones
complementarias (una biopsia cutánea revelaría una marcada espongiosis con
queratinocitos necróticos).
Una vez tenemos claro el diagnóstico, tendremos que establecer
el tratamiento, que podríamos diferenciar en 3 fases diferentes:
En un primer momento, si tenemos sospecha de haber estado en
contacto con una planta potencialmente fototóxica, deberíamos realizar un
lavado minucioso de la zona afectada, con abundante agua corriente y jabón,
para retirar los restos de furocumarinas de la superficie cutánea, además de
evitar de manera estricta la exposición a la luz solar de esa zona en los días
siguientes. Evidentemente, si estamos ante un paciente con lesiones agudas,
hemos llegado tarde para esta parte más preventiva, pero vale la pena saber que
es algo que se podría evitar o minimizar.
| 3 semanas más tarde |
Nosotros entraremos en acción en la fase aguda inflamatoria,
normalmente a partir de las primeras 24 horas, que podremos manejar con
compresas frías varias veces al día, corticoides tópicos potentes durante los
primeros días y controlando el dolor, habitualmente con AINEs.
¿Y qué hacemos con las ampollas? Las vesículas y pequeñas
ampollas deben mantenerse íntegras si es posible para que actúen como un
apósito biológico natural frente a posibles infecciones secundarias. Si son muy
grandes o están demasiado a tensión, pueden drenarse de forma estéril mediante
una aguja fina, intentando preservar el techo de la ampolla. En el caso de
ampollas ya desbridadas, se tratarán como quemaduras químicas superficiales,
con antisépticos como la clorhexidina acuosa y coberturas emolientes o apósitos
hidrocoloides para favorecer una correcta reepitelización.
Para el tratamiento de la hiperpigmentación postinflamatoria
residual es imperativo una fotoprotección estricta con fotoprotectores de
amplio espectro. Si estéticamente es muy limitante para el paciente se puede
valorar el uso de despigmentantes tópicos (como ácido azelaico o hidroquinona),
siempre con cautela por el riesgo de irritación.
Albert empeoró muchísimo a las siguientes 24 horas tras la
primera visita, precisando incluso corticoides orales, además de las medidas
tópicas que ya hemos comentado. Tuvo que ir con guantes de algodón para
protegerse las manos lo que quedaba de curso y pasarse el verano con fotoprotectores,
pero finalmente la piel volvió a su estado normal, sin cicatrices evidentes y
con solo una leve discromía que ha ido mejorando con el tiempo.








