Lo primero
que podemos decirle a Wendy es que no, no “se está quedando calva” en el
sentido en que muchas pacientes imaginan cuando vienen asustadas a la consulta.
Pero sí tiene una alopecia. Y, por la historia clínica, la exploración y esa
descripción tan gráfica de la raya del pelo convirtiéndose poco a poco en una
autopista, el diagnóstico más probable es una alopecia androgénica femenina, también
llamada alopecia de
patrón femenino o FAGA, por sus siglas en inglés.
En las
mujeres, esta forma de alopecia suele manifestarse como una pérdida progresiva
de densidad en la zona frontoparietal y del vértex, con ensanchamiento de la raya media,
respetando habitualmente la línea de implantación frontal. No suele haber
placas alopécicas redondeadas, ni cicatrices, ni descamación llamativa, ni
inflamación evidente. El test de tracción puede ser negativo, como en nuestra
paciente, porque el problema no siempre es que se caiga mucho pelo, sino que el
pelo que va saliendo es cada vez más fino, corto y miniaturizado. Dicho de otra
manera: no es tanto una caída masiva como una degradación progresiva del
“material de construcción”.
| Imagen de otra paciente con FAGA |
La alopecia androgénica es la causa más frecuente de alopecia tanto en hombres como en
mujeres, aunque en ellas el impacto psicológico puede ser especialmente
relevante. No es una enfermedad grave en términos vitales, pero minimizarla con
un “no pasa nada” tampoco ayuda demasiado. Para muchas pacientes, el pelo forma
parte de su imagen, de su identidad y de su forma de presentarse al mundo. Y
cuando aparece a los 25 años, como en el caso de Wendy, la preocupación es
perfectamente comprensible. En su caso, además, hay un dato que no conviene
pasar por alto: las menstruaciones irregulares. No tiene hirsutismo ni acné,
aunque sí seborrea, pero aun así merece la pena descartar un contexto de
hiperandrogenismo o un síndrome de ovario poliquístico (recién renombrado como “síndrome
poliendocrino metabólico ovárico”), especialmente si vamos a plantear
tratamientos antiandrogénicos.
La
fisiopatología de la alopecia androgénica se basa en una predisposición
genética y en una mayor sensibilidad del folículo piloso a los andrógenos. La
dihidrotestosterona, formada a partir de la testosterona por acción de la 5-α-reductasa,
favorece la miniaturización progresiva del folículo: los pelos terminales se
transforman en pelos más finos, de menor diámetro y menor longitud. En la
mujer, el papel de los andrógenos existe, pero es menos lineal que en el varón;
de hecho, muchas pacientes con FAGA tienen analíticas hormonales normales. Por
eso, la ausencia de alteraciones analíticas no descarta el diagnóstico.
El
diagnóstico suele ser clínico, apoyado por la tricoscopia (el examen del cuero
cabelludo con el dermatoscopio). En ésta podemos observar variabilidad del
diámetro de los tallos pilosos, aumento de pelos miniaturizados, unidades
foliculares con un solo pelo y, en casos más avanzados, puntos amarillos. La
biopsia rara vez es necesaria, salvo que tengamos dudas con una alopecia
cicatricial, un efluvio telógeno crónico u otros cuadros que puedan solaparse.
En la práctica, además de mirar el cuero cabelludo, hay que preguntar por
fármacos, pérdida de peso, parto reciente, estrés importante, enfermedades
sistémicas, antecedentes familiares, regularidad menstrual y signos de
hiperandrogenismo. Una analítica razonable en mujeres puede incluir hemograma,
ferritina, TSH y vitamina D si la sospecha clínica lo justifica; y, si hay
reglas irregulares, acné, hirsutismo o infertilidad, valorar estudio hormonal y
derivación o coordinación con ginecología/endocrinología.
Y llegamos a
lo que más les interesa a nuestros pacientes: el tratamiento. Aquí conviene
empezar recordando que la alopecia androgénica no se cura; se controla.
El objetivo realista es frenar la progresión, aumentar algo la densidad y
mejorar el calibre del pelo. Y para valorar si un tratamiento funciona hay que
darle tiempo: como mínimo 6 meses, y con frecuencia 12. La impaciencia es mala
consejera en tricología, aunque comprensible; el folículo piloso no entiende de
ansiedad ni de calendarios de eventos.
Durante
años, el tratamiento clásico ha sido el minoxidil
tópico, uno de los pocos tratamientos aprobados para la
alopecia androgénica femenina. Puede utilizarse al 2% o al 5%, habitualmente en
solución o espuma. Es eficaz, pero tiene dos problemas prácticos: irrita en
algunas pacientes, sobre todo por el propilenglicol de algunas formulaciones, y
exige constancia. Además, al inicio puede producir un aumento transitorio de la
caída, algo que conviene advertir para evitar abandonos prematuros. Si no se
explica, la paciente empieza el tratamiento, se le cae más el pelo durante unas
semanas y decide —con cierta lógica doméstica— que aquello le está empeorando.
En los
últimos años ha ganado protagonismo el minoxidil
oral a dosis bajas, que en mujeres se suele utilizar en rangos
bajos, por ejemplo 0,5-1 mg al día, individualizando según edad, antecedentes y
tolerancia. El consenso español reciente del grupo de Tricología de la AEDV lo
posiciona como una opción de primera línea en FAGA, solo o combinado con
tratamiento antiandrogénico. Sus efectos secundarios más habituales son la
hipertricosis, el edema, el mareo, la hipotensión o la taquicardia,
generalmente dosis-dependientes. En pacientes sanas no suele requerir controles
analíticos periódicos, pero sí una buena selección: prudencia si hay
antecedentes cardiovasculares, arritmias, hipotensión significativa o tratamiento
antihipertensivo. Y recordar que estamos fuera de ficha técnica.
En mujeres
premenopáusicas con datos de hiperandrogenismo, seborrea, acné, hirsutismo o
reglas irregulares tiene sentido plantear un tratamiento antiandrogénico. La espironolactona es una
opción muy utilizada, habitualmente en dosis de 100-200 mg/día, aunque puede
empezarse con dosis menores. Puede causar irregularidades menstruales, tensión
mamaria, mareo, edemas o alteraciones hidroelectrolíticas. En mujeres jóvenes
sanas el riesgo de hiperpotasemia es bajo, pero si hay enfermedad renal,
tratamientos concomitantes o edad superior a 45 años, conviene monitorizar
función renal e iones. Y, punto importante: en mujeres con posibilidad de
embarazo debe asociarse anticoncepción eficaz, porque estos tratamientos no son
inocuos en ese escenario.
Los
inhibidores de la 5-alfa-reductasa, como finasterida
y dutasterida,
también se emplean en mujeres, aunque fuera de ficha técnica y con más cautela.
En premenopáusicas exigen anticoncepción estricta por el riesgo de feminización
del feto masculino en caso de embarazo; en posmenopáusicas pueden ser una
alternativa más sencilla desde el punto de vista reproductivo. La finasterida
tópica o la dutasterida tópica se han propuesto como opciones con menor
exposición sistémica, aunque la evidencia todavía es más limitada que la del
minoxidil. La bicalutamida
es otro antiandrógeno que aparece como opción de segunda línea en FAGA, pero
requiere seguimiento analítico por posible elevación de transaminasas y
alteraciones lipídicas. El acetato de ciproterona, aunque se ha utilizado
durante años, queda hoy bastante relegado por su asociación con riesgo de
meningioma, especialmente con dosis acumuladas elevadas.
¿Y los
suplementos? Depende. Si hay déficit de hierro, vitamina D u otro problema
concreto, se corrige. Pero dar “vitaminas para el pelo” a una paciente sin
déficit es, en el mejor de los casos, una intervención de eficacia incierta.
Los nutricosméticos pueden individualizarse, pero no deberían sustituir a los
tratamientos con más evidencia. La mesoterapia con dutasterida, el plasma rico
en plaquetas, el láser de baja potencia o el microneedling pueden tener
un papel como tratamientos adyuvantes en casos seleccionados, pero no en el
grueso de pacientes.
En el caso
que nos ocupa, además de confirmar el diagnóstico con tricoscopia, valoraríamos
completar estudio por sus menstruaciones irregulares y explicaríamos bien las
opciones. Una estrategia razonable podría ser iniciar minoxidil —tópico u oral
a dosis bajas, según preferencias y perfil de seguridad— y asociar un enfoque
antiandrogénico si se confirma o se sospecha un componente hormonal relevante.
Si no tiene deseo gestacional inmediato, un anticonceptivo con perfil
antiandrogénico puede ser útil, especialmente si además queremos regular ciclos.
Y si se opta por espironolactona, finasterida, dutasterida o bicalutamida, debe
quedar claro que son tratamientos fuera de ficha técnica en muchos escenarios,
que requieren consentimiento informado y que la anticoncepción es obligada.
La buena
noticia para Wendy es que está consultando en una fase tratable. La mala, que
no hay champú milagroso ni cápsula de farmacia que reconstruya alegremente una
alopecia androgénica establecida. Pero con diagnóstico correcto, expectativas
realistas y constancia, se puede frenar la progresión y mejorar la densidad,
que no es poca cosa.










