sábado, 10 de abril de 2021

Una espalda llena de manchas

No era la primera vez que visitábamos a Román. Hacía dos años que le habíamos extirpado un carcinoma basocelular en la cara y venía a revisión. Román tenía 76 años y, según sus propias palabras, su piel era “un mapa”. Al parecer ya le venía de familia, recordaba que su madre, de mayor, estaba llena de unas “verrugas marrones” por todo el cuerpo (su padre también tenía algo parecido, pero no tan numerosas), así que pensaba que era normal. No era de los que se preocupaban en exceso, pero como que le quitaron ese tumor de la cara, le resultaba muy complicado controlarse tantas manchas, así que de tanto en tanto su médico le enviaba al dermatólogo y así se quedaban todos más tranquilos.


Era en la espalda donde estaban concentradas la mayor parte de estas lesiones, que realmente eran muy numerosas. Individualmente no llamaban demasiado la atención, aunque algunas eran más grandes, y más oscuras que las otras (en su mayoría de color marrón más claro), y tampoco refería molestias en ninguna de ellas (bueno, a veces en verano, con el calor, alguna le picaba puntualmente). Le habían ido apareciendo progresivamente con el paso de los años, lentamente. Pero lo que más llamaba la atención era su disposición en toda la región dorsal, siguiendo unas líneas imaginarias que recordaban un abeto. Esa distribución que los dermatólogos llamamos en “árbol de Navidad” (sí, somos unos poetas frustrados).

Así que hoy el caso es sencillo, y la pregunta es doble. ¿A qué corresponden estas lesiones? ¿Y por qué narices se disponen de esta manera en la espalda de Román? Por cierto, os adelanto que Román está sano como un roble (o un abeto), y que no tiene ninguna enfermedad conocida ni toma ningún medicamento.

El miércoles intentaremos aportar un poco de luz a esta misteriosa espalda, así que atentos.

Hacía tiempo que no ponía ningún vídeo de Islandia, así que allá va.

ICE & FIRE | an aerial film of Iceland from Bjarke Hvorslev on Vimeo.

miércoles, 7 de abril de 2021

Exóstosis subungueal: cuando la verruga es un hueso

Cuando una “verruga” no se comporta como una verruga, se nos tiene que encender una lucecita y pensar que quizá, sólo quizá, no sea una verruga. Y a toda “verruga rara” que aparece debajo de la uña, no está de más pedir una radiografía simple, porque a veces hay sorpresas. En este caso, una sorpresa con forma (y densidad) de hueso en la radiografía. Se trataba, pues, de una exóstosis subungueal. Que sí, que es de trauma, pero estos pacientes suelen ir al dermatólogo de  entrada (o a su médico de familia, o al podólogo).

Radiografía simple


La exóstosis subungueal es un tumor benigno del hueso relativamente poco frecuente que aparece en las falanges distales de los dedos de los pies (es menos frecuente en los dedos de las manos) y que puede conducir a que el paciente presente deformidad y dolor en esa zona, típicamente en adolescentes. Se han descrito también casos hereditarios y múltiples y fue descrita por primera vez por Dupuytren en 1817 (por eso también se la conoce con el nombre de exóstosis de Dupuytren). El mecanismo patogénico exacto se desconoce, aunque se han sugerido diferentes etiologías, como traumatismos, infecciones, anomalías hereditarias o la activación de quistes cartilaginosos, aunque la mayoría de autores opinan que se trata de una metaplasia reactiva como consecuencia de microtraumatismos. También existe un debate acerca de si el osteocondroma subungueal es la misma entidad clínica.

La presentación clínica más característica es una deformidad del lecho ungueal, a veces con eritema y dolor que puede ser importante, de varios meses de evolución. La exploración revela un nódulo hiperqueratósico a ese nivel, por debajo de la porción más distal de la lámina ungueal, que suele confundirse con una verruga subungueal, aunque el diagnóstico diferencial puede ser mucho más amplio (quiste sinovial, tumor glómico, melanoma subungueal, fibroqueratoma…). Si realizamos una radiografía nos mostrará una masa radio-opaca pedunculada en la superficie dorsomedial de la falange distal, que es diagnóstica.

El tratamiento es quirúrgico, habitualmente llevado a cabo por un traumatólogo, ya que no se espera la involución espontánea, más bien lo contrario. La extirpación (a ser posible preservando la unidad ungueal) suele tener unos buenos resultados clínicos y también estéticos.

Si queréis profundizar más en este tema os recomiendo este artículo de revisión de Mark DaCambra (2014) publicado en Clinical Orthopaedics and Related Research.

A Linda la derivamos a traumatología. Aún no la han operado, pero confiamos que puedan hacerlo pronto y vaya todo bien. De nuevo gracias a Ignacio Torné por prestarnos este interesante caso para el blog.

Como que seguimos en "dique seco" de viajes, hoy nos sumergimos en aguas de las islas Solomon. Hasta el sábado!

Rolling in the Deep - #19 - Solomon Islands from OceanShutter on Vimeo.

sábado, 3 de abril de 2021

Una verruga bajo la uña

No era la primera vez que Linda tenía una verruga. Cuando era niña recuerda que tuvo un montón de ellas en las manos que después de varios tratamientos terminaron resolviéndose solas. Por eso cuando le salió esa verruga debajo de la uña del tercer dedo del pie derecho optó por no hacer nada, pensando que se iría si no le hacía mucho caso. Lamentablemente esa táctica no funcionó, así que, dado que la lesión le empezaba a molestar y a doler por el roce con el calzado cerrado, decidió ir a su médico, quien le recetó diversos tratamientos queratolíticos y posteriormente le hizo varias tandas de crioterapia en la consulta. Pero nada, la verruga seguía allí, bajo la uña, impertérrita, como si nada. En realidad había aumentado un poco de tamaño, y a lo tonto llevaba más de dos años con ella. Se trataba de una tumoración dura al tacto, queratósica, de 5x3mm, en la porción subungueal distal del tercer dedo del pie derecho. No tenía más lesiones en otras localizaciones.


El plan B consistía en ir al dermatólogo, así que ahí estaba Linda, con su verruga, en nuestra consulta de dermatología, esperando impaciente que le diéramos la solución a su problema. Linda tenía 39 años, sin alergias ni ninguna enfermedad conocida, que trabajaba como dependienta en una tienda de electrodomésticos y que en sus ratos libres le encantaba practicar yoga.

¿Qué hacemos? ¿Repetimos la crioterapia, pero esta vez con nitrógeno líquido? ¿Sacamos el bisturí eléctrico? ¿Vamos a quirófano? ¿Seguimos con queratolíticos y paciencia? ¿Nos replanteamos el diagnóstico? Pasen y opinen. Nosotros volveremos el miércoles con la respuesta a este caso del Dr. Ignacio Torné, compañero de servicio, a quien agradezco las imágenes y su inestimable ayuda, como siempre.

¿Dónde está la bolita?

PLANK from Lucas Zanotto on Vimeo.