Basilio era un asiduo de nuestra consulta desde hacía ya
bastantes años. Habíamos perdido la cuenta de los carcinomas basocelulares y
epidermoides que le habíamos ido extirpando, siempre en la cara y en el dorso de
las manos. Con 84 años y toda una vida expuesto al sol implacable del campo (y
aún seguía cuidando de sus tierras y animales), su piel había sufrido las
consecuencias, convirtiéndolo en un paciente habitual. Y cuando no tenía ningún
carcinoma, nos dedicábamos a tratar sus múltiples queratosis actínicas: la
crioterapia y el 5-fluorouracilo eran nuestros principales aliados.
Hoy suspiramos aliviados cuando no detectamos ninguna lesión
que nos llamara la atención, así que aprovechamos para hacerle una revisión un
poco más exhaustiva. Mientras se quitaba la ropa, desde el otro lado de la
cortina nos iba poniendo al día de los últimos éxitos deportivos y académicos
de sus nietos. Cuando nos pusimos a su espalda, nos quedamos mirando una mancha
oscura en la parte posterior de su hombro izquierdo. Basilio vivía solo y no
sabía desde cuándo la tenía, pero no le molestaba en absoluto.
Empezamos a retroceder en la historia clínica y pudimos
comprobar que, en una ocasión, cuatro años antes, habíamos descrito una lesión
macular pigmentada en esa zona, pero de menor tamaño. Ahora medía casi 2 cm en
su eje mayor y la dermatoscopia la podéis ver en la segunda imagen.
¿Qué pensáis? (Aparte de que 4 años sin quitarle la camiseta
a nuestro paciente sea demasiado tiempo). ¿Es una mancha normal de la edad? ¿Le
hacemos una biopsia? ¿O vamos directos al quirófano?
El sábado próximo volveremos con la respuesta. Hoy me despido desde Moshi, en Tanzania, en las faldas del Kilimanjaro.


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